"KALIA"
La nieve que caía desde el alto cielo de los dioses me estaba helando los pies. Seguía avanzando entre los bosques para encontrar refugio, pero solo veía árboles secos y viejos. Ningún animal andaba cerca. Ningún maldito sonido que me indicara algo, solo oía el pesado sonido de mi respiración mientras me ponía nerviosa.
Tenía que encontrar ya la salida de ese lugar. Todo me resultaba familiar, pero no sabía por qué. Me detuve un instante para descansar. El frío entraba por mi piel y se me quedaba pegado en los huesos. Levanté mi mano izquierda e intenté unir mi dedo pulgar con el meñique, no lo conseguí. Me quité los zapatos mojados y me miré los pies, empezaban a ser morados. Averigüé fácilmente que sufría una hipotermia. Me quedaba poco tiempo de vida, pero no sabía cuánto.
Dejé los zapatos húmedos en el suelo, y me di cuenta de que aguantaría menos con ellos y seguí caminando dejándolos atrás. Un paso, otro paso. Cada vez iba más lento.
Estornudé, y al hacerlo, mi cabeza se agachó rápidamente y me empezó a doler más la frente de lo que me dolía desde hace un buen rato. Quise gritar, pero mi voz no salió de mi boca como esperaba y solo se escapó un suave tartamudeo. Empecé a escuchar un pequeño pitido, una sola nota muy prolongada. Di vueltas a mi alrededor nerviosa, intentando buscar de donde procedía, pero no veía nada, ni un solo movimiento. Me di cuenta de que mis propios oídos empezaban a fallar, y que me estaban anunciando que pronto llegaría la muerte para quitarme el frío y curarme completamente.
Ya no me importaba nada. La idea de morir cada vez se me hacía más tentadora y la única solución. Quería que llegase pronto y que acabara conmigo cuanto antes, para dejar de sufrir. Dejé de tener miedo y me despojé de mi abrigo. Me sorprendí al ver que ya no tiritaba, no notaba el frío. Creo que pude sonreír porque no sentía nada, ni siquiera el pelo sobre mi cara ni la ropa que llevaba. Estiré los brazos y cerré los ojos hacia el cielo nublado, haciéndoles saber a los dioses que estaba preparada para abandonar mi cuerpo y que mi alma pudiese volar libremente tanto en el paraíso como en el submundo. Un rayo de luz apareció, habían captado mi mensaje. Pronto sería libre.
Empecé a pensar que mi espera había terminado. Oí el viento gélido detrás de mí, pero no me rozó. A mi cabeza llegaron recuerdos de cuando era pequeña. Un niña dulce que corría tras de una liebre en una mañana cálida de primavera y su madre la llamaba para que entrase en casa.
Y esa niña creció y llegó el recuerdo de una chica joven que abría uno de sus regalos de cumpleaños que su amiga Madia le hizo con cariño junto una tela y una aguja, haciendo una dulce muñequita de trapo.
Las llamas cálidas de la chimenea de papá calentaban el salón y la cocina. Mamá tan sonriente como siempre mientras relataba historias sobre los dioses y sus batallas. La calidez tan real que sentía.
El calor. Era lo único que no sentía. Estaba oscura y marchita por dentro. Pero en ese momento no me importaba, sabía que yo no era así, por lo que dejé que ese sentimiento me llenara para saber cómo se sentía, y me encontraba mejor que nunca. Seguía preguntándome si había dejado este mundo o si aun estaba en mitad de un campo nevado aislado de todo.
Sin darme cuenta, vi que seguía en el bosque y la nieve aun permanecía allí. Mis ojos se lastimaron al ver tanta claridad al mi alrededor. Tras eso, el dolor se fue extendiendo por mi cuerpo. Las nubes se estaban yendo y el sol comenzó a iluminarlo todo. La nieve lucía más blanca de lo que estaba antes. ¿Cuánto tiempo habría estado con los ojos cerrados?
Parecía todo más distinto que antes. Los árboles sin hojas daban miedo, pero con la luz parecían amables. Se veían más cosas lejanas entonces, como las montañas nevadas al fondo del valle.
Decidí seguir caminando, ya que parada me entraría el pánico que estaba a punto de aparecer. Me costaba trabajo pensar y debía por lo menos apartarme del camino por si alguien pasara por allí, que no atropellase mi cuerpo.
Me estaba acercando a un árbol cuando de repente, caí al suelo. Intenté levantarme de la tierra nevada, pero mis piernas no respondían, y mis manos empezaban a fallarme también.
Llegó la hora, me dije a mí misma. El pánico que sentía segundos antes desapareció. Mi cuerpo entero se calmó como el silencio del bosque y me dejé adormecer por los brazos de la oscuridad.
Llegó la hora, me dije a mí misma. El pánico que sentía segundos antes desapareció. Mi cuerpo entero se calmó como el silencio del bosque y me dejé adormecer por los brazos de la oscuridad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario